El fútbol de Ernesto

Ernesto Guevara fue hincha de Rosario Central, arquero, DT por necesidad y le estrechó la mano al astro Alfredo Di Stefano.

Por Mayli Estévez

Una noche del año 1939 en el Sierras Hotel de Alta Gracia donde se hospedaba la familia Guevara de la Serna, un íntimo amigo cuestionaba a dos de los chicos, Roberto y Ernesto, sobre el club Boca Juniors de fútbol. ¿A que no saben los nombres de los jugadores de Boca?, diría aquel hombre en tono de broma. Claro, se llevó una sorpresa, cuando al unísono le dieron a toda velocidad los nombres de los once jugadores.

«Las personas allí presentes se reían a carcajadas al comprobar la rapidez con que habían contestado la pregunta—contaría años después el padre de aquellos chicos—pero lo que no sabían los que escuchaban es que además podían dar de memoria los nombres de los jugadores de River, de Racing, de Tigre y de la mayoría de los cuadros de primera división. Y es que realmente el fútbol los apasionaba».

Esa es una de las primeras referencias que se tiene del vínculo del Che y el más universal. Un amor normal, de esos que padecen y sufren todos los argentinos, pero que él, pese a sus encontronazos con el asma, abrazó desde más cerca. Y fue esa circunstancia la que lo hizo escoger la salvaguarda del arco, una posición que lo hacía correr menos y tener a mano el inhalador. Era de los que gritaba para dar indicaciones, su ímpetu era tremendo. También se pasaba de original, dicen que por Alta Gracia bautizó a uno de sus equipos como: «Aquí te paramos el carro».

Luego se integró a un equipito del pueblo cordobés de Bouer. Allí, además de la custodia de los tres palos, tenía la función adicional de perseguir al mejor futbolista adversario. El Che no era un virtuoso con el balón, pero sí era tenaz, así que se le pegaba como estampilla postal al contrario. Cuando le tocaban esas funciones dentro del once, Ernesto no lucía mucho, pero era de gran ayuda para su equipo. Desde entonces subordinaba su persona a los intereses más generales, un valor que nunca abandonaría.

Fue por esa época que Ernesto se identificó con un equipo, uno que no arrastraba mayorías, al menos entre sus amigos. Por eso, y porque nació en Rosario fue que quiso seguir los colores del club canalla (como le llaman en Argentina), Rosario Central. En esa ciudad, él solo tenía un acta de nacimiento, porque Ernesto no permaneció mucho allí, pero eso le bastaba para defender su identidad. A esto, su amigo Alberto Granado le agregaría otro incentivo: «Ernesto era hincha del Chueco García (Ernesto, El Poeta de la Zurda), un wing izquierdo muy bueno que después pasó a Racing, mi equipo».

Pero las anécdotas futbolísticas junto a Granado continuarían, y el recorrido por Latinoamérica sería pasto fértil para probar suerte fuera de fronteras y sumar hojas a un diario de viaje. De su paso por Chile, cuenta Ernesto que él y Alberto tropezaron con un grupo de operarios que reparaban los caminos. Parece que como «descanso» los obreros habían decidido jugar un partidito de fútbol. Y eso fue motivo suficiente para que los dos viajeros detuvieran su andar y se mezclaran en ese raro e informal choque internacional.

«Alberto sacó de la mochila sus alpargatas y empezó a dictar cátedra. El resultado fue espectacular: contratados para el partido del domingo siguiente; sueldo, casa, comida y transporte hasta Iquique. Pasaron dos días hasta que llegó el domingo jalonado por una espléndida victoria de la cuadrilla en que jugábamos los dos, y unos chivos asados que Alberto preparó para maravillar a la concurrencia con el arte culinario argentino», contaría él mismo.

En Machu Picchu también hicieron de las suyas: «En las ruinas nos encontramos con un grupo que jugaba fútbol y tuve la oportunidad de lucirme en una que otra atajada por lo que manifesté con toda humildad que había jugado en un club de primera de Buenos Aires con Alberto, que lucía sus habilidades en el centro de la canchita».

Pero la madurez del fútbol de Ernesto llegaría de paso por Colombia. Allí hizo de jugador y director técnico de un equipo de esos que estaba en el olvido y que ellos de alguna forma rescataron por unos meses.

«Lo que nos salvó fue que nos contrataron como entrenadores de un equipo de fútbol, mientras esperábamos el avión, que es quincenal. Al principio, pensábamos entrenar para no hacer papelones, pero como eran muy malos nos decidimos también a jugar con el brillante resultado de que el equipo considerado más débil, llegó al campeonato relámpago organizado, fue finalista y perdió el campeonato por penales. Alberto estaba inspirado (…) y yo me atajé un penal que quedará para la historia del lugar».

Fue también en Colombia donde encontraron al astro del fútbol argentino Alfredo Di Stefano que militaba por ese entonces en Millonarios. Coincidieron en un restaurante donde acostumbraba almorzar La Saeta Rubia y allí el futbolista les regaló dos entradas para el partido de club cafetalero contra el Real Madrid. Entonces ninguno de los dos podría imaginarse las dimensiones que sus figuras alcanzarían en ámbitos muy distintos.

Una vez en esta Isla y en Revolución, el Che intentaría continuar su afición por el fútbol y desarrolló otros gustos, como la pesca y el ajedrez, ya que el béisbol nunca le gustó.

Granados tiene otra anécdota: «En 1963, en Santiago de Cuba, hicimos un partido de fútbol, él era ministro de Industrias y un personaje muy popular. Pero cuando estaba en el arco no se acordaba ni de su cargo ni de ninguna otra cosa. Cuando estaba en el arco, era arquero. Enfrentábamos al equipo de fútbol de la universidad, que era entrenado por Arias, un español. En el partido, Arias recibió la pelota y avanzó tranquilamente, pero el Che salió del arco, se le vino encima y le dio un revolcón. Nadie pensaba que el ministro se iba a tirar a los pies por una pelota. Pero él era así».

Mas su vínculo con el fútbol no terminó con su desaparición física. Grandes ídolos del más universal lo llevan consigo, ya sea en la piel como Maradona o santificado como para Sergio el Kun Agüero que en una reciente entrevista dijera que: «es como un Dios para mí». También Lionel Messi diría: «Me emociona ver camisetas o banderas del Che Guevara (…). Me causa una sensación hermosa». Hay hombres así, que no mueren nunca.

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Acerca de liaehernandez10

Graduada de Periodismo en la Universidad de Oriente promoción de 2011. Trabajo en el periódico Venceremos. Mi perfil profesional son los deportes. Mi pasión, escribir sobre ellos.
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